La Tierra, este ser viviente que nos acoge, tiene su tiempo de vigilia y de sueño; como nosotros, su ritmo. Y ahora, en invierno, está más despierta que nunca, cuando los árboles están desnudos, cuando la nieve y el hielo cubren el suelo, cuando la mayoría de la vida en la naturaleza se detiene. Es entonces cuando, caminando hacia el solsticio de invierno, buscamos el calor que siempre está, la Luz que siempre brilla. Nos acompañamos, nos sentimos y nos recordamos que seguimos en armonía con la Madre Tierra, y las celebraciones son una manera de expresarlo.

Así, caminando hacia nosotros mismos, hacia lo que nos mueve desde dentro, en introspección y conexión sincera, podremos dar lo mejor que tenemos y cuidar los dones con los que venimos al mundo.

Por eso este martes desde la escuela Waldorf, la niñas y niños han caminado en espiral, con su Luz brillando, desde fuera hacia dentro, y desde dentro hacia fuera, y sin saberlo ni ponerlo en su consciencia, han recorrido junto a sus familias un camino al corazón, han encendido una vela y la han dejado luciendo mientras salían hacia fuera, al mundo. Porque sólo conectándonos con nosotros mismos y  podremos ofrecer lo que desde el amor se ha cultivado.

La emoción y el recogimiento de las familias ha impregnado la sala, y las niñas y niños se han llevado una preciosa vela encendida, con una Luz parpadeando en el interior de todas las personas que hemos asistido. Una amorosa manera de acercarnos al solsticio de invierno…