Aún hoy, la emoción predominante en nuestras relaciones vinculares, es “el miedo”, miedo a perder…miedo a no tener…miedo a ganar…miedo a dejar de ser…miedo a estar solo…miedo a no ser aceptado….miedo a no ser querido….miedo a que me quieran y acepten….miedo a defraudar, miedo a que me engañen, miedo a que me convenzan, miedo a ser estafado, miedo a que manipulen, miedo a no estar a la altura de las expectativas, miedo al fracaso, miedo, miedos, miedos….y más miedos.

A primera vista hemos de admitir que este problema y todas sus consecuencias, están relacionadas con nuestra vida desde un principio. No olvidemos que el mundo en que vivimos es la consecuencia de nuestras propias causas, y una consecuencia de ello es “enfadarnos con la realidad” en el mejor de los casos, generalmente suele ser con quien tenemos en frente, al cual acusamos de nuestras incapacidades de reacción ante lo que sucede, y es aquí donde aparece la agresividad. Esta, es la gran máscara del Miedo.

Es por esto que focalizáramos más nuestra atención en la dinámica de aceptar lo que está sucediendo, por una parte, y por otra poder ver que es lo que nos pasa “con aquello que sucede”, no “con quienes interviene en lo que sucede” en primera instancia el miedo desaparece y en segunda instancia separamos el “hecho” del “sujeto”.

Cuando podemos hacer esto, nos es posible ver y darnos cuenta que lo que nos hace daño y por lo cual nos sentimos amenazados, y por tanto temerosos, son nuestras actitudes o las de los demás, y que ni el otro ni nosotros somos una amenaza real.

¿Pero qué es lo que hace que haya ciertas actitudes que nos pongan en alerta? Nuestra situación presente y nuestras circunstancias actuales son consecuencias de vivencias y decisiones pasadas. Es decir, la mayor parte de nuestros tormentos o miedos, con sus correspondientes agresividades o parálisis, no emergen del presente, sino de la tendencia de nuestra mente pensante a obsesionarse con situaciones desagradables que hemos vivido en el pasado o imaginar que algo terrible nos sucederá en el futuro.

En este proceso mental lo que nos impide participar plenamente del presente, del aquí y ahora, y experimentar de manera espontánea las emociones profundas y el goce que nos ofrece la vida a cada momento, siendo capaces de separar el “objeto” del “sujeto”; y así poder decirle al otro que tal o cual actitud o manera nos hace daño, teniendo en cuenta que es una “actitud del otro” la que despierta daños anteriores no sanados, y no es “el otro” quien me daña.

Esta manera de posicionarnos entre la vida nos permite reducir nuestro sufrimiento y maximizar el disfrute en el momento presente, es importante aceptar la realidad tal cual y como se nos presenta, ya que lo que sucede “per se” no es ni malo ni bueno, simplemente es. Es nuestra relación y como nos dejamos afectar lo que revela nuestro mapa de creencias, nuestras manifestaciones simbólicas internas o las imposiciones de cómo deberían ser las cosas.

Tenemos que tener en cuenta otro punto fundamental que rige todo cuanto existe en el universo: “la generación espontánea no existe” ¿Esto qué quiere decir? Sencillamente que de cada uno va a salir lo que hay dentro, aunque no se sepa que está. De un pozo lleno de hiel no puede salir miel….

Suele ser habitual escuchar “es que tú me sacas lo peor que llevo dentro”…y nos enfadamos con el otro, perdiendo el tiempo, ya que lo óptimo y eficaz sería solucionar eso tan detestable que se lleva dentro, para que en un momento dado, ante una situación similar no aparezca y no haya sufrimiento…Pero claro  eso lleva implícito: 1º hacerse cargo que “eso que me sale” es mío, de mi propia cosecha y vivencias, 2º que el problema es “lo que me sale de dentro” NO el otro, 3º que hay que ponerse a solucionar y sanar “eso que me sale el otro me saca”, algo que lleva tiempo y esfuerzo…cosas que no todo el mundo está dispuesto a hacer, ya que es más fácil culpar al otro.

Pero si nos sobreponemos al Miedo de enfrentarnos a esos oscuros recovecos y los sanamos y solucionamos lograremos sentir en el momento presente más libertad, sintiendo el disfrute de vivir lo espontáneo que habita en nuestro ser, siguiendo los impulsos del corazón y del alma, en vez de reaccionar impulsivamente por dolores antiguos.

 

Por Daniel Altendorff