No hay cultura ni etnia que no tenga en su haber una serie de cuentos que se caracterizan por dar a conocer sus propias raíces y costumbres: su propia manera de acercarse a la realidad y de comprender la vida. Los cuentos –al igual que las canciones– dan la vuelta al mundo y las personas, desde que nacemos, nos vamos impregnando de ellos.

Un cuento siempre tiene oídos para ser escuchado, sobre todo los de un niño o niña que, por mucho que avance la tecnología, se queda boquiabierto, embelesado por la narración y el relato. Hay cuentos que se reciben por tradición oral y hay cuentos que se leen directamente de los miles de libros que los recopilan.

Escuchar y leer cuentos va moldeando futuros lectores y amantes de la literatura; el buen hablar, la pasión por buscar las palabras clave para expresar cada emoción (como sucede con la poesía) y darse cuenta de que las palabras pueden servir tanto para herir como para amar. Aprender a leer (y también a escribir) va más allá de ser algo simplemente funcional para no ser analfabetos.

Deleitar a nuestros niños y niñas en el lenguaje es ayudarlos a conocerse mejor y a saber expresarse de la mejor manera posible. Canciones y cuentos antes de ir dormir fortalecen los aspectos espirituales de los niños y niñas y, además, son una puerta de entrada a los misterios de la noche y de los sueños. Los cuentos son pura sabiduría. 

Con cuentos realizamos los dos mejores obsequios que podemos hacer a nuestras hijas e hijos: tiempo y paciencia. Tiempo para crecer y madurar y paciencia para que cada niño y cada niña se desarrolle como persona, aportando lo mejor de sí a la comunidad. Y que con la ayuda de los cuentos ayudemos a los niños y a las niñas a construirse su manera personal de vivir la vida, de captar la realidad y de luchar por la verdad para que lleguen a ser personas nobles y honradas.

Nuestro mundo necesita de la voz de las niñas y de los niños, y los adultos necesitamos cuentos para no perder el niño que llevamos dentro y que, con el tiempo y la vida que nos han dicho que debemos vivir, ha ido quedando sumergido en las profundidades de la rutina, el desconsuelo y el sinsentido. Los cuentos nos liberan de todo ello a través de la imaginación y conectan con nuestro mundo inconsciente, ávido y necesitado de rumbo axiológico.

Con los cuentos surgen los aspectos morales (en relación con los demás) y los aspectos éticos (en relación con uno mismo) como necesidad de explicar tanto la realidad que nos rodea como la propia naturaleza humana. Algunos de ellos acompañan fiestas y celebraciones de tipo antropológico, y otros reflejan problemas y situaciones humanas.

No hay dificultad, problema o situación humana que no quede reflejada en los cuentos y narraciones orales. La narración oral surge de manera espontánea en casi todas las comunidades y culturas como una necesidad tanto individual como grupal de explicarse el mundo. Los cuentos realizan una función catártica (purga emocional; profilaxis anímica) que facilita la reflexión y el control de los pensamientos y sentimientos del ser humano, a la vez que son alimento espiritual (y entendemos el concepto espiritual desde un punto de vista de la trascendencia de la vida, no como creencia religiosa; la religión es una manera de entender lo espiritual, pero no es la única).

Cada cuento tiene un mensaje concreto y unos personajes y acciones de tipo simbólico, un tesoro por descubrir, algo valioso de lo que apropiarse que da sentido al propio acto de búsqueda y apropiación, o sea, de vivir la vida. Aprovechémonos de todo esto y recuperemos la tradición del cuento en la vida familiar para bien de todos!