JANA CABRERA, PRIMARIA

Durante los primeros siete años de vida, el niño se dedica a conformar su cuerpo físico, todos sus órganos, es por ello que desde la perspectiva de la Pedagogía Waldorf , toda la etapa de infantil procura generar el ambiente más adecuado para que las niñas y niños no tengan interrupciones en este sentido: juego libre, material no estructurado, ritmos diarios, actividades artísticas, evitando la intelectualización y generando un aprendizaje basado en la imitación.

A partir del segundo septenio, coincidiendo con la caída de los dientes y otras muchas transformaciones externas e internas (sus ojos se hallan dirigidos al mundo exterior en actitud de expectación; la boca está cerrada y se abre a la palabra en su entorno: quieren que se les cuente qué cosas hay en el mundo, para qué sirven y qué funciones tienen; se sienten atraídas ya hacia el adulto.) comienza, en la Escuela Waldorf, el aprendizaje formal. Las niñas y niños están deseosos e impacientes de aprender del mundo, de conocerlo, comienzan a salir de su “etapa dorada” en la que estaban totalmente fusionados con su entorno sintiéndose un Todo con él.

No obstante, aunque comienza una etapa de interés hacia el mundo, de querer aprender de él, aún no se realiza de forma intelectualizada. En este segundo septenio, las niñas y niños comprenden el mundo desde la Belleza, desde su capacidad de Sentir, de vincularse con lo vivido, de acercarse al conocimiento a través de la emoción, la fantasía, la creatividad, la experiencia.

Es por todo ésto que la introducción del vocabulario, el conocimiento de las letras y la entrada a la lectoescritura se hace de forma vivencial y emotiva. Comenzamos con la historia de cada una de las letras, un cuento donde aparece un personaje, que posteriormente se encontrará en la pizarra y que “curiosamente” tiene la forma de la letra y su nombre comienza por ella (por ejemplo la “J” de Jirafa, será el dibujo de una Jirafa). En la Jirafa se descubre la letra “J”, y las niñas y niños dibujarán en sus cuadernos a esta Jirafa. De ésta manera hemos comenzado un vínculo emotivo, a través de la historia, y un vínculo visual y bello, a través de la imagen, ambas cosas conectadas.

Tras generar este acercamiento, toca vivenciarla, atraversarla por el cuerpo, “incorporarla”. La vivimos desde lo más grande a lo más pequeño, de lo global a los detalles.

Caminamos la letra en el suelo, la saltamos a la pata coja, a dos patas… con nuestro brazo elevado la dibujamos en el aire, en nuestra mesa con la mano, en la espalda de nuestro-a compañero-a y la trabajamos con diversos materiales (Agua, Arena, Lana, Semillas, Bloques de madera, cera de modelar, hilo de lana…) que intercambiaremos entre unos y otros. De ésta manera, buscamos Sentirla, introducirla a través de todos los sentidos posibles para que cada niño-a puede recogerla desde su propio lugar de aprendizaje (cada persona aprendemos desde uno o dos sentidos predominantes).

Cuando ya la hemos atravesado desde la vivencia, y nos hemos vinculado emocionalmente a ella (gracias a la historia y la imagen en la pizarra), podemos finalmente plasmarla en el cuaderno tal como la conocemos. Tras vivirla desde el mundo infantil, podemos llegar a su expresión mas abstracta.

Resulta hermoso ver la emoción de las niñas y niños en el aprendizaje de las letras, sus ganas de conocer canciones y retahílas donde aparecen, deseosos de escuchar una nueva historia, emocionados al expresar la letra con su gesto anímico (en el caso de las vocales), pidiendo voz para salir a escribirla en la pizarra, sintiendo cada uno de los materiales, intercambiándolos con sus compañeros-as, dibujando la imagen hermosa en su cuaderno, y finalmente plasmando la letra tal y como la conocemos los adultos.

No supone esfuerzo, no exige un trabajo arduo, es tan suave, paulatino, tan parte de su mundo (físico, emocional, creativo y fantástico), que el aprendizaje de las letras supone un paso armonioso y natural hacia el Mundo por conocer.