Y llegó la oscuridad, y con ella la luz, pues cuando más han brillado los faroles de los/as niños/as ha sido en ese momento, cuando la noche ha empapado completamente nuestro encuentro y lo ha envuelto de una magia diferente. Una magia en la que cada niño/a no sabe por qué, pero percibe que algo especial sucede, y es que cuando la Tierra llega la mitad del camino entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno, ahí realmente nace el calor. El calor que nos cubre con sus ropajes y nos protege del frío, y nos da una forma de mirar hacia el tiempo que se acerca, el invierno, con una luz encendida, la más valiosa, la que ilumina cada paso que damos: la de nuestro interior.

De igual manera que las personas tenemos nuestro ritmo, así también la Tierra lo tiene; y es que durante el invierno la Tierra está más despierta, con los árboles y campos desnudos, cuando la nieve y el hielo cubren el suelo, cuando la mayoría de la vida en la naturaleza se detiene, la tierra despierta

 

Así, con esta percepción, hemos caminado mamás, papás y todos/as los/as niños/as despacio, cantando e irradiando la luz del farolillo, y hemos recorrido los alrededores de la escuela aceptando la noche fría, recibiéndola con alegría, y preparándonos para el recogimiento que nos hará florecer en unos meses, con la primavera.

Al volver a la escuela, con el dulce sonido de una flauta, hemos vuelto a un círculo y hemos disfrutado de una interpretación “a capella” por parte de maestros/as y acompañantes, y nos hemos despedido con un saludable pedacito de bizcocho con pasitas que ha endulzado la sonrisa que llevábamos niños/as, papás y mamás. La sonrisa exterior, y la interior. Y nos hemos ido con nuestra luz, con la luz interior y con la exterior. Y hemos dado las gracias por lo que viene, porque…cómo podría brillar la luz si no es gracias a la oscuridad?